Todos tenemos deseos. Algunos desean cosas sencillas, simples, fáciles de conseguir, y otros tienen deseos algo más enrevesados. Recuerdo cuando era pequeña y me iba de viaje con mis padres; solíamos ir al mismo sitio todos los años y siempre me llevaban al "pozo de los deseos". Yo, como una pequeña e inocente niña, tiraba mi moneda y deseaba cosas como que me regalasen la barbie profesora o que mi madre preparase macarrones para comer. Mis padres, al igual que yo, tiraban una moneda, y yo siempre les preguntaba que habían pedido, a lo que ellos siempre me contestaban: si lo cuentas, no se cumple.
Hace poco, volví a mi sitio favorito en el mundo, a mi pozo de los deseos. Seguía estando aquel cartel que siempre leía a pesar de sabérmelo de memoria. Tiré de nuevo una moneda y pedí un deseo. Oí como mi moneda rebotaba con todas las que habían, como iba botando de un lado a otro hasta encontrar su sitio entre otros muchos deseos. Me di cuenta que nunca hay que perder la esperanza. ¿Qué más da si me consideran una niña pequeña por eso? ¿O por darle la vuelta a uno de los cigarros de mi paquete y pedir un deseo? ¿Y si algún día se cumple?
La chica del dorado reloj.
No hay comentarios:
Publicar un comentario